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Nos borraron la sonrisa

Mar 8, 2023

Por: Karen Evangelista

La mañana del 21 de agosto del 2013, en una preparatoria pública ubicada en el municipio de Nezahualcóyotl, los alumnos se preparaban para dirigirse a la escuela en su primera semana de clases, la hora de entrada era a las 7:00 am en punto. 

 Abigail, una pequeña y delgada joven de sólo 16 años  se levantaba como cada mañana a las 05:00 am, debía darse prisa y sumar media hora más a su trayecto para poder llegar a tiempo, ya que su casa se ubicaba a las orillas del municipio, por donde hay muy poca gente y mucho desorden. 

 Abigail se peinó su corto cabello, se puso una diadema de flores que usaba frecuentemente, se puso su uniforme que le quedaba bastante grande, unas calcetas blancas, sus zapatos negros y un suéter color uva, sin mucha importancia replicó aquel ritual que realizaba cada mañana, desayunó, se lavó los dientes,  besó a su madre y ella, la encaminó a la parada del camión.

 El camión que Abigail tomaba no la dejaba lo suficientemente cerca de la preparatoria, para poder llegar debía tomar otro camión, un taxi o caminar entre las calles.

Aquella calle en la que el camión la dejó parecía poco concurrida, apenas empezaba a asomarse el sol y apenas se podían ver algunas siluetas caminar a lo lejos.

 Las personas que la conocen dicen que siempre caminaba el último tramo antes de llegar a cualquier lado, otros aseguran que no llevaba más dinero aquel día para tomar un taxi que la acercara a su destino.

Lo cierto es que por alguna razón , durante todo su camino no prestó mucha atención a lo que había a su alrededor.  

No existen testigos de lo que pasó, pero se sabe que a unas calles de la escuela, al llegar a un terreno baldío, un carro color negro se acercó a Abigail, la ventanilla descendió y un hombre la miro fijamente, Abigail sólo recuerda sentir unos brazos que la rodeaban por la cintura y la levantaban para meterla en la parte trasera del automóvil, donde otros dos hombres, ambos con navajas la amenazaron y golpearon hasta dejarla inconsciente. 

 Eran casi las 9:00 am y en la preparatoria, la ausencia de Abigail no parecía causar preocupación en nadie; en un salón con 40 alumnos era “fácil confundirse”, decían los maestros. 

En la clase de historia,  donde comúnmente se escucha mucho ruido, el silenció se apoderó del lugar al ver a Abigail entrar por la puerta con la ropa desgarrada y el cuerpo sangrando.

La imagen vivirá en la mente de todos los que estaban aquella mañana ahí. Siempre seguirá siendo inexplicable su mirada, su ausencia en el rostro, su inexpresión y su dolor consumieron cada centímetro de ella.

Aún no se sabe, cómo logró llegar después de que el carro negro la aventara a unas calles de la escuela, Abigail tuvo que levantase y caminar de prisa para salvar lo poco que quedaba de ella, la escuela parecía el lugar más cercano y seguro al que podía ir en ese momento. 

Las maestras se movían velozmente y lloraban mientras la miraban, nadie decía nada sólo la miraban.

Los directivos pidieron discreción, seriedad y la sacaron de la mano para llevarla a enfermería y hablar con sus padres. 

Nadie volvió a ver a Abigail, nunca regresó a la escuela, nunca se volvió a sentar con sus compañeros ni platicó con sus maestros.

Era la primera semana de clases y la última de Abigail ahí.

Te cuento su historia, porque ella no lo hizo en su momento, porque el recuerdo de lo sucedido la avergüenza como si ella fuera culpable, te cuento su historia porque  ella decidió callar y silenciarse.

Porque  a pesar de que “al menos la dejaron viva” como dijeron algunos, ella ya no pudo vivir en paz, Abigail no volvió a la escuela, no salió por mucho tiempo, no comía, lloraba y gritaba por las noches, tomó 1, 2 y 3 terapias pero no ha podido sanar.

Sé que como esta historia hay miles, algunas menos afortunadas que otras, si así se les puede llamar, son historias que quizá las próximas generaciones ya no recuerden, historias que parecen aisladas pero que en conjunto, son la base de una realidad que enfrentamos las mujeres todos los días de nuestra vida. 

No importa si somos niñas, adolescentes, adultas, ancianas; pues en cada etapa de nuestras vidas corremos el mismo riesgo de ser abusadas, violadas o asesinadas.

No importa si Abigail salió muy temprano o muy tarde, si iba o no a la escuela, si era callada o extrovertida, si su uniforme le quedaba grande o entallado, si se maquillaba o no usaba más que un brillo de labios; no importa si era delgada, alta, bajita, morena, rubia. 

Aquel día, los hombres que viajaban en ese auto quizá ni siquiera prestaron atención a esos detalles, ellos solo decidieron usar su cuerpo y divertirse con ella , ¿por qué? ,porque es mujer.   

Este 8 de Marzo se conmemora, se llora, se abraza y se grita, se alza la voz por las que no pueden y no pudieron en su momento, por las que ya no están , por las que ya no pueden ser felices, por las que seguimos buscando y por las que parece que ya olvidamos.

Se alza la voz para que historias como la de Abigail no vuelvan a ocurrir, para que no se normalicen, no se vuelvan una cifra y queden impunes.

Se alza la voz para que no me pasé a mí , a mi madre, a mi hermana, a mis amigas, a mis hijas, a mis primas, a mis compañeras o a mis vecinas.

Se alza la voz y se grita porque con palabras amables no nos escuchan, porque manifestándonos de manera “correcta” nos ignoran. 

Este día se lucha como cada mañana , se pelea y se denuncia como se hace a diario , pero hoy si salimos en los titulares y el mundo nos mira, hoy sí puede tener impacto esta y todas las historias que tenemos por contar, ¡Alcemos la voz, abracémonos y sigamos luchando por nuestro valor y nuestra seguridad ! , por poder ser felices siendo mujeres.